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Hospital de San Agustín
El ejercicio de la beneficencia durante el Antiguo Régimen es preciso contemplarlo teniendo en cuenta la estrecha imbricación que existía entre lo sagrado y la vida cotidiana. La práctica de la caridad se inscribía en el ámbito soteriológico, de la esperanza de salvación del alma, tanto para el pudiente que demostraba su largueza cumpliendo con una cristiana virtud, como para el pobre que, accediendo a esa atención, se resignaba cristianamente y asumía su situación como resultado de la voluntad divina.
Esta práctica de la beneficencia también busca, en el ámbito de tejas para abajo, asegurar la vigencia de la situación económica y social al eliminar conflictos sociales contra el sistema establecido. De ahí el interés de que esa labor de munificencia fuera conocida. En este contexto es preciso explicar los cuadros en los que aparece un personaje repartiendo limosna o la colocación de los escudos de armas en los edificios construidos a costa de sus titulares

LA NECESIDAD DE UN NUEVO HOSPITAL

El Hospital de Montoya

El Hospital de San Agustín fue fundado por el obispo Pedro García de Montoya en el año 1468 con el fin de que se dedicara al «recogimiento de peregrinos y pobres pasajeros, y obra pía de expósitos. El Hospital ocupaba una casa en los soportales de la calle Mayor, esquina a la de los Izquierdos (hoy Francisco Tello). Su ubicación, en plena población, no era la más apropiada por los contagios que se originaron, como en 1681 cuando se tuvo que habilitar una casa que el Cabildo tenía extramuros de la villa para atender a ciertos enfermos.
En 1595, el Cabildo, de acuerdo con el Ayuntamiento, intentó construir, fuera del recinto amurallado, otro Hospital de nueva planta sin que el proyecto llegara a fructificar. Lo mismo se pensó en 1616, pero tampoco se llegó a ninguna realización concreta. Se volvió a debatir la posibilidad de construir un nuevo edificio en otro lugar el 24 de mayo de 1684, pero el Cabildo rechazó una proposición en este sentido por considerar que el cambio reportaría más perjuicios que los desprendidos de la situación vigente del Hospital.

En busca de un nuevo emplazamiento
Fue el obispo Sebastián de Arévalo y Torres (1682-1704) el que llevó a cabo la construcción de un Hospital de nueva planta extramuros de la villa. Antes de decidir costear el nuevo edificio, el prelado franciscano ya se había mostrado generoso con la institución cuando ofreció 1.000 ducados, destinados a que el Cabildo los emplease en hacienda raíz ,para el Hospital de San Agustín con calidad de que en él se admitiesen pobres de todas y cualesquiera enfermedades pues al presente se hacía reparo de admitir algunos.
El 3 de octubre de 1693, el canónigo Carriedo informó al Cabildo que el prelado «tenía ánimo de hacer una casa nueva para el hospital por estar en mala parte el que hoy hay; que el Cabildo discurriese el sitio mejor en que se podía hacer porque su Ilustrísima daría el dinero para que la fábrica corriese por el cuidado del Cabildo. El propio obispo y los capitulares Pinedo y Carriedo, acompañados de unos maestros de obras y de algunos médicos, salieron a ver cuál era el sitio idóneo donde ubicarlo. Se pensó en un terreno cercano a la ermita de la Vera Cruz; pero esta idea no cuajó, a pesar de que el obispo no consideraba la falta de agua corriente en el lugar elegido un obstáculo insalvable para proceder a la edificación del nuevo Hospital.
Fray Sebastián retomó el tema y, el 7 de julio de 1694, volvió a comunicar al Cabildo el deseo que tenía de construir a su costa un nuevo Hospital, debido a las deficiencias del edificio de Montoya que impedían tratar a los enfermos con las condiciones sanitarias adecuadas, a lo que se añadía su corta capacidad para alojar pacientes y el lugar inadecuado en que estaba enclavado.

La consumación del proyecto
El mismo 7 de julio, el obispo Arévalo donó 176.968 reales con la condición de que el Cabildo, que se encargó de la superintendencia de la obra, no empleara ese dinero en otra cosa, por piadosa que fuera, más que para la obra del Hospital y que si sobraba algo una vez concluida, debía utilizarse en aumentar las rentas de la propia institución benéfica. Igualmente, en el Hospital debían admitirse enfermos de todas las dolencias, excepto gálico" (venéreas). Por su parte, el obispo se comprometió a aportar la cantidad necesaria para la total conclusión del edificio. En la misma escritura, Arévalo dispuso que el Hospital mantuviese el título de San Agustín nombre con el que Montoya lo fundó, que en la fachada figurasen las estatuas en piedra del santo obispo de Hipona (en el centro), de San Francisco y San Sebastián (a los lados) y que en la capilla se colocara un retablo de madera dorada con los mismos santos que en la fachada.
El edificio se levantó en la huerta de Nuestra Señora del Espino, propiedad de la Catedral, a la que se agregó el terreno conocido como ..la cerrada de la viuda de Moreda, para que la obra pudiera llegar a buen término, el obispo ofreció varias ayudas: además de los 176.968 reales reseñados, donó 114.400 el día 22 de julio de 1695, 86.733 en noviembre de ese mismo año, 92,730 en enero de 169788, así hasta más de 80.000 ducados.
El nuevo Hospital estaba preparado para entrar en funcionamiento en mayo de 1701 pues, cuando el día 4 se pensó trasladar a los pacientes al recién construido edificio, el médico dio su consentimiento para que se realizara la mudanza.


La readaptación del viejo Hospital de Montoya
El viejo Hospital de Montoya, sito en la calle mayor, se convirtió en, una casa muy decente, dos grandes graneros y otra casa pequeña separada con la entrada de la calle de los Izquierdos, gracias a una serie de reformas realizadas por el maestro montañés Francisco del Cotero que fueron contratadas, junto a las del camarín de la Virgen del Espino, el 22 de junio de 1702, por 4.000 reales.
En noviembre, estaba a punto de concluirse la reforma, por lo que se designaron los maestros para examinar las obras y comprobar si lo realizado se ajustaba al proyecto. Los peritos nombrados fueron Esteban López, maestro de cantería vecino de Soria, elegido por el Cabildo, y Francisco Hermosa, designado por el constructor montañés, que declararon era preciso pagar en concepto de mejoras a Francisco del Cotero 1.078 reales por la remodelación de la casa donde estaba instalado el viejo Hospita1. Finalmente, el maestro de obras de Rucandio percibió sólo 660 reales por las mejoras.

 

EL EDIFICIO

El Hospital de San Agustín, además de ser un monumento de singular belleza, fue trascendental para el trazado urbano de El Burgo de Osma, pues sirvió de referencia posicional, dimensional y arquitectónica para la configuración de la Plaza Mayor, espacio ciudadano que se construyó para realzar la importancia del edificio de Arévalo, que debería ser el paño perimetral más significativo de la plaza, tanto por su papel de modelo creativo como por la calidad de su construcción. No es procedente, pues, que la inoportuna fila de árboles oculte durante gran parte del año la grandeza de su fábrica y desprecie su importancia como verdadero impulsor y protagonista de la plaza.
El Hospital es un edificio noble, de planta cuadrada con patio central. Los hospitales construidos en España en esos años solían tener esa tipología, pero su aspecto exterior era poco relevante, al contrario de lo que sucede en el de San Agustín, que se aparta del resto de los hospitales españoles de la época "por la importancia que le dan las torres angulares con flechas empizarradas y la peineta barroca».


La fachada
La fachada es la parte de mayor valor arquitectónico del edificio, un edificio en el que domina la sensación de volumen pues en la arquitectura barroca española, "los gongorismos no hacen olvidar a los arquitectos la importancia dominante del volumen y menos en este Hospital donde los “gongorismos" son escasos y no impiden que ese efecto de estática sensación de volumen se produzca.
La fachada del antiguo Hospital de San Agustín es rectangular con dos torres en los extremos, siguiendo la forma conocida como de tipo alcázar. Es una de esas obras que revelan la influencia del férreo yugo de Juan de Herrera y el peso de la mole escurialense según palabras de Chueca, que acuñó también el término barroco severo de los Austrias para referirse a estos primeros pasos lentos y cautelosos de la arquitectura barroca española, cuando las construcciones tenían todavía mucho de la rigidez y de la nobleza herreriana y cuando las torres se remataban con los airosos chapiteles flamencos. Para Valdivieso, estas notas son propias de los dos primeros tercios del siglo XVII, transformándose este monótono panorama de la arquitectura de evocación herreriana y contrarreformista a partir de 1660 en que aparecen esquemas constructivos que pueden clasificarse como típicamente barrocos.
A la severidad escurialense de la fachada del Hospital se añaden unos rasgos que anuncian lo que será el Barroco más abigarrado columnas salomónicas, poderosos mensulones, frontones partidos que hacen de esta fachada un puente de enlace entre el estilo sobrio, mesurado, aristocrático, y el más dinámico, aparatoso y popular barroco castizo. El barroquismo se anuncia mediante detalles decorativos en portadas que tienen todavía mucho que ver con la estructura herreriana. Es un fenómeno parecido, por ejemplo, al de la introducción de las formas renacentistas en España que se superponen a edificios de estructura gótica. y es que, como ya señaló Pla Dalmau, el Barroco vino a vestir la arquitectura renacentista, y si tuvo fuerza para truncar sus líneas y burlar sus cánones, no la tuvo para modificar sus normas esenciales de construcción. Por todo ello, llama poderosamente la atención que Caveda incluyese nuestro Hospital en un grupo de edificios a los que calificó de “extrañas fábricas" por su abuso en la invención, desenfado en las alteraciones y desquiciamiento en las partes del conjunto.
La fachada del Hospital, de una estricta simetría, recuerda a la antigua Cárcel de Corte de Madrid, actual Ministerio de Asuntos Exteriores, si bien la burgense es toda ella de sillería y de menor tamaño. El cuerpo central tiene dos pisos: en el inferior se encuentra la puerta adintelada (como todos los vanos) con una ventana a cada lado; en el superior se disponen tres balcones y dos nichos avenerados, flanqueando el central, que cobijan las estatuas de San Sebastián, santo del mismo nombre que el del obispo promotor, y San Francisco, por pertenecer este prelado a la orden franciscana. Las hornacinas están formadas por dos pilastras cajeadas que arrancan sobre unas basas apoyadas en ménsulas, destacándose sobre la cornisa de la parte inferior de la hornacina.

Sobre las pilastras se apoyan en relieve las típicas bolas de tradición herreriana, desde cuyo soporte parte la moldura que forma el arco de medio punto, ligeramente rebajado, constituyendo la parte superior del nicho, que se completa con pilastras de la misma tipología que las extremas, pero de menor escala, en los frentes de la forma absidal de la hornacina.
El cuerpo central estuvo cubierto de pizarras hasta 1780, pero hoy se remata con un tejado abuhardillado, con pilares de piedra y balaustrada de hierro en el frente. En el centro de la fachada, sobre la puerta y balcón principal, se levanta una hornacina sobre una base de placas rehundidas en los extremos, unos rombos con un círculo en su centro y en la parte inferior del eje vertical, según expreso deseo de Arévalo, las armas del obispo Montoya, fundador de la institución. El escudo de este prelado aparece entre las poderosas ménsulas que sostienen las desnudas columnas salomónicas, por delante de sus contracolumnas, que flanquean el nicho avenerado donde está colocada la magnífica escultura de San Agustín, titular del Hospital. Sobre los capiteles corintios se disponen arquitrabe, friso y cornisa que soportan un frontón triangular, roto para colocar las armas de Arévalo, el obispo donante del edificio. De remate, se dispusieron unas bolas tan típicamente escurialenses como las que figuran encima de las pirámides que se elevan sobre plintos, recibiendo los aletones que los unen con el cuerpo central.
A los lados del cuerpo central se erigen sendas torres, de tres cuerpos y remate en chapitel. Los dos primeros pisos son una prolongación del cuerpo central de la facha- da, con un balcón en cada uno de ellos y la misma ancha moldura de separación entre uno y otro. En el tercer piso separado del inferior por una moldura que empalma con la cornisa del cuerpo central figuran, sobre un balcón, las armas del obispo Arévalo, de un abigarrado barroquismo con evocaciones manieristas. Sujetan el escudo dos robustos leones que se apoyan sobre unos seres fantásticos de tronco humano que parece brotar de unos movidos tallos de dinámicos roleos. Con los cordones juegan unos niños y unos ángeles que portan una flecha y una corona de laurel.
Las torres están rematadas con el típico chapitel, elemento constructivo que procede de Flandes y de Austria, debido a que Felipe II encargó a su arquitecto Luis de Vega que viera cómo se cubrían las torres y los tejados en los países nórdicos, con la finalidad de aplicar el mismo sistema a la arquitectura de Madrid. Se comenzó armando los chapiteles del Alcázar de Segovia, después los de El Escorial y a partir de ese momento se convirtieron en un elemento característico de la arquitectura madrileña, extendiéndose su uso poco después por toda Castilla: ayuntamientos de Astorga, Toledo, Segovia y, por supuesto, .la vistosa fachada del Hospital, en Burgo de Osma.

La capilla
Atravesando la puerta, a la derecha del portal, se halla la sencilla capilla. La ausencia de entrada directa a la capilla en la fachada de nuestro Hospital permite que el edificio muestre un corte civil, a pesar de las puntuales citas religiosas, muy propicio para que sirviera de referencia a la creación de una Plaza Mayor pues, además de su calidad intrínseca, el Hospital, como ya se ha señalado, tuvo gran importancia en la configuración urbana de El Burgo de Osma.
A la capilla se accede por una puerta adintelada flanqueada por pilastras cajeadas y coronada por un frontón semicircular partido, tanto en la moldura curva como en la horizontal, para colocar las armas del obispo Arévalo en marco ovalado, rodeado de dinámicos angelotes con roleos vegetales en animado relieve ocupando el resto del tímpano. Apoyados en la moldura curva, en la prolongación vertical de las pilastras, se sitúan los relieves de las bolas de clara evocación escurialense que ya hemos visto aparecer en otros lugares del Hospital.
La capilla es de una nave con un coro alto que avanza considerablemente hacia el presbiterio. Destaca en ella, además del retablo, la ingeniosa cúpula de yesería oculta al exterior por el chapitel. El material, barato y fácil de manejar, ofrece al espectador una sensación de riqueza, como si de piedra se tratara, en lo que es un rasgo típico del Barroco: la apariencia,
La cúpula se alza sobre pechinas en las que figuran los escudos, en marco ovalado, del prelado constructor. El resto del espacio de las pechinas se cubre con unos dinámicos cíngulos, tallos y hojas. Las pechinas arrancan de las esquinas del espacio configurado por las paredes longitudinales de la capilla, el testero y el frente del coro. Sirven pues para pasar de la sección cuadrada a la circular del anillo de la cúpula. Además de pechinas y anillo, la cúpula consta de tambor, media naranja y linterna. En el anillo destacan unas ménsulas soportando la moldura que da paso al tambor. Son mayores los ocho que sostienen las pilastras del cuerpo cilíndrico, entre los que se disponen tres ménsulas de menor solidez.
El tambor cilíndrico está dividido en ocho partes por otras tantas pilastras que se apoyan en las sólidas ménsulas del anillo. Las pilastras son de fuste rehundido, pero no liso, sino con relieves de motivos vegetales en los que domina la línea curva. La moldura de la pilastra que corre bajo el capitel se hace extensiva a todo el tambor. Entre la comisa que da paso a la media naranja y la moldura comentada aparecen unas consolas. Los espacios entre las pilastras están ocupadas por pinturas que representan a San Francisco, simulan vidrieras o, simplemente, están abiertas para dar luz al recinto. Encima de estos espacios figuran unos relieves de diversos temas águila, atalaya, árbol, etc., imaginativamente enmarcados.
En la media naranja aparecen unos arcos en mitra que se adaptan a la curvatura de la cúpula y acogen unas macollas que enlazan la cúspide del arco con la pared vertical, dejando al descubierto la forma de un semicírculo. Destacan los juegos de molduras y los temas vegetales en los que el trazado curvo es hegemónico. En lo alto de la media naranja se aprecia una corona circular formada por enlazados motivos botánicos. La linterna prismática, que coincide con la del chapitel, tiene cuatro vanos que se abren al exterior de donde recibe la luz lo alto de la cúpula. Entre cada uno de los vanos figuran dos pilastras pareadas que dan paso al pequeño cupulino semiesférico que cubre la linterna.

La escalera principal
Más sencilla es la cúpula achatada que cubre la escalera principal. Es de yeso poli- cromado y se eleva sobre unas pechinas con carnosos relieves vegetales. Unas consolas se apoyan en el anillo y sujetan un juego de molduras tanto más prominentes cuanto más elevadas se hallan que dan paso a la achatada media naranja adornada con molduras de uniforme trazado geométrico en el que destacan, además de las líneas rectas, circunferencias y figuras trapeciales en los lados curvados. Dentro de cada figura aparecen relieves de temática floral. En la clave de la bóveda es protagonista, de nuevo, un escudo del benefactor obispo Arévalo y Torres. El juego de molduras de decoración de la cúpula es característica del Barroco español, que se inspiró en los temas de lacería hispanomorisca. En su tratado, Fray Lorenzo de San Nicolás expone unos ejemplos de decoración de bóvedas que sirvieron de inspiración a los decoradores barrocos españoles.


El patio
El patio del Hospital, cuadrado, está formado por dos pisos de arcadas. Es de una gran sencillez sin apartarse de la línea de austeridad implantada por la arquitectura herreriana. En cada paño del claustro se abren diez arcos: cinco en la parte inferior y otros cinco en la superior. Los inferiores son de medio punto y los que dan luz al piso noble son carpaneles, respetándose así la tradición impuesta por el magnífico patio renacentista de la antigua Universidad de Santa Catalina. Rompen la lisa preponderancia del paño las resaltadas impostas de los arcos y la banda de separación de los dos pisos, así como la menos llamativa moldura que recorre todo el claustro unos centímetros por debajo de la cornisa. Destacan en el patio los escudos del prelado franciscano, colocados dos en cada paño del claustro flanqueando, en su parte alta, el arco central del piso superior. En el interior de las galerías del claustro aparece esporádicamente el escudo del obispo en lo alto de la pared sujeto por angelotes.
La reciente restauración, además de realizarse previamente a la definición de los usos del edificio, ha modificado el aspecto de este patio con una agresiva estructura, poco respetuosa e inapropiada para un recinto barroco.
La espadaña de piedra se alza sobre el ala norte del patio. En el cuerpo rectangular se abren dos huecos de medio punto que cobijan las campanas. Otro cuerpo rectangular, más estrecho, se apoya en el anterior. Está horadado con un vano de medio punto que guarda una pequeña campana. La unión entre los dos esquemas rectangulares se lleva a cabo con los característicos aletones vigilados por sendas pirámides. Remata la espadaña un frontón semicircular con esferas ocultas bajo el nido de la cigüeña.





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